¿Pensabas que era una santa? Sus ojos traicionaban las ansias de una zorra sedienta de verga. No pudo disimular más su deseo y la arrastré al bosque para reventar su coño apretado.
La penetré sin piedad contra un árbol, sintiendo cómo su chocho se empapaba de placer. Gemía como una perra en celo, pidiendo más verga y mi leche caliente. Arriesgamos ser descubiertos por el morbo de follar salvajemente al aire libre, llenando su interior con cada embestida brutal.
Follada salvaje a la hermana de mi pana en el monte a pelo
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